2 a.m. en la tercera planta de un edificio en St. John Street.
Dos chicas. Una de ellas se encoge sobre si misma en medio de la cama. Ha sido repentino. Está en su sitio favorito en el mundo, sin preocupaciones, en el mejor momento de su vida; pero sin pretenderlo se ha ido retirando de la conversación con la otra chica, se ha ido aislando poco a poco - todo lo que se puede aislar una persona en 10 metros cuadrados - y le ha empezado a invadir una angustia tan grande que consigue que se haga una bolita y quiera desaparecer.
Pasan los minutos. 1...20...45. Sigue en la misma posición, con los auriculares en los oidos y la discografía de The Fray en repetición.
Pasan 60 minutos. Es insoportable, algo que no sabe como se ha originado y tampoco sabe como pararlo.
La otra chica sabe que algo va mal, no entiende que está pasando, pero lo que no sabe es que la misma chica tampoco tiene ni idea de lo que le pasa, y está desesperada.
Cruzan unas pocas palabras hasta que la chica explota. Rompe a llorar y da unas pocas excusas sobre lo que le pasa. Miente. No se lo cree ni ella. Aún así, la otra chica la consuela e intenta ayudar.
Todo va pasando y se alivia un poco la presión. La otra chica está satisfecha de haber ayudado. Sin embargo, la menos de las dos es incapaz de pegar ojo es noche. Sabe que al amanecer habrá pasado todo. No es la primera vez. Ni la última.

